Exorcismo de Borges.
Debo salir de esta sala circular de espejos,
Veo como se refleja el fuego siempre diferente y uno,
Veo el río que fluye, y los diferentes caminos por los que los ríos corren (y se ahogan y me ahogan).

Tengo en mí a Jano, a la trinidad, a los cuatro vientos, a los seis horizontes del Oriente

Tengo a todos y a cada uno de los lados
de un polígono infinito,
que es un círculo, y una esfera, cuyo centro está en todos lados en su circunferencia en ninguno.

Soy todos y cada uno de esos espejos, de esos reflejos,
De ese monstruoso Argos de mil ojos.

Me veo en ellos, pero no me encuentro en ninguna parte.

Poseo un א en cada ojo,
y no soy el sueño de Nadie (tampoco el tuyo),
y no puedo despertar, ni vislumbrar el primer sueño de esta trama infinita.

Para mí la atormentadora vigilia,
el frío acero que ya no se desliza sobre el hielo,
la existencia y su insistencia.

Creo morir en espejos rotos,
pero me despierto multiplicado y fragmentado,
en cristales
en espinas de flores ausentes.

Mi rostro cambia como el tiempo,
y el tiempo transcurre entre mis rostros.

Estoy condenado,
Mi naturaleza fluye,
Pero no soy aquel que tus ojos acompañan y no hay mujer que, en algún sueño perdido, me de existencia.

No tengo tu amor,
que me daría reposo,
                              que detendría (o relajaría) este continuo y vertiginoso fluir,
Este no saber quién soy.

Busco tus ojos, busco tu alma,
en donde sea, 
Sos mi otra parte, sos mi yo más íntimo,
(pero no se dónde estás, ni dónde estoy).

Quiero fundirme en ti,
para ser yo.

Te quiero a ti y a tu esperanza.

Te quiero a ti,
Oh, caótica, excéntrica
Y Poderosa Afrodita.
Visiones de arenas
 Arenas

Antiguas serpientes de luz trazaban figuras bajo la arena. 
Una luz blanquecina latiendo, casi imperceptible, desde su profundidad. 
Cae la Noche, sedienta de luz.

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Me lancé a las arenas y comencé a rodar. Caía y me sumergía cada vez más en las tibias lenguas de la arena. Caía y me adentraba cada vez más en el calor húmedo y viscoso de su esófago. Podía sentir toneladas de granos de arenas sobre mí, alrededor de mí, detrás de mí, dentro de mí. Su presión se fue haciendo insostenible. La sed del desierto había vuelto, implacable. Intenté beber de esa cálida humedad, pero mi desesperación masticó y tragó arena. No me rendí y seguí bebiendo. Bebí por los ojos, por los oídos, por la nariz, por cada parte de mi cuerpo. Sentía el ardor de la arena ingresando en mí, pero la sed no era aplacada. Sentía los pinchazos de la arena insertándose en mí. Poco a poco la arena fue ocupando todo mi lugar, entonces hasta mi grito fue de arena. 
¡Mi sangre fue de arena! ¡Mi cuerpo fue de arena!
 ***
Siento las cosquillas y el continuo desgarrar del viento,
el incansable reptar por mi piel,
y la tenacidad de las raíces.

Siento, aún siento,
pero pronto mi memoria será de arena.

Entonces,
(Quizás)
habré muerto.
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Contaminación Sonora
Un placentero y reconfortante momento de descanso matinal en el Parque Botánico. De repente, emulando una situación conocida por Orwell en 1984, un sonido brota del espacio, omnipresente, y anuncia: "la tienda ya está abierta".

Velocidad de escape
"Parece tentador asegurar que ``todo lo que sube alguna vez tiene que bajar'' pero no es así por una sencilla razón: la fuerza de gravedad de Newton se hace más débil cuanto más lejos nos vamos. Existe una velocidad límite, llamada velocidad de escape, más allá de la cual los objetos lanzados no vuelven a caer."

Ahora me explico porque cuando regreso de los sueños, despierto con tan pocas cosas.
El mutismo de Matasiete





Lo que se cuenta a continuación no existió más allá de las silenciosas puertas del Comité Federal. Cómo todos alguna vez habrán oído, luego de la muerte del cajetilla, se cerraron  con llave las puertas color punzó y la chusma se escurrió tras el caballo del Juez.


No obstante, dentro del antro desde donde se impartía la  justicia, la ansiedad animal no había mermado con la muerte del unitario y no bastó con que se nos dijera que ya nada se podía hacer, que el juego se había terminado, que ya había muerto. Su cuerpo estaba caliente, al igual que la sangre.


No eramos muchos los que estábamos en ese oscuro cuarto. Se respiraba un aire tenso, extraño, de muerte, sudor, barro y hambre. Estuvimos inmóviles, expectantes, hasta que el silencio se cortó con una inconfundible voz que salía del fondo:


- ¿con que ya naida se puede hacer? Pa' mí que todavía falta enterrar la batata - dijo el Tuerto, y una sonrisa apareció en nuestros rostros, como para expulsar la tensión. Primero fue un gran murmullo y luego una carcajada general. Aunque no todos rieron. La cara de Matasiete se disfiguró, y una mezcla de odio, desprecio y asco se apoderaron de sus gestos. Todos habían entendido que no se trataba de enterrar al unitario, sino de una práctica aborrecida aun entre los mismos federales, en la que se ultrajaba a un cadáver a costa del propio placer.


En un arrebato, Matasiete, con puñal en mano, se abalanzó hacia el Tuerto.Pero en el mismo instante en que amagó a marcarlo se dio cuenta de que estába solo; solo y frente al Tuerto y sus gauchos. lo percibió cuando los gauchos le pusieron el puñal en su cuello y esperaron las órdenes del Tuerto para la refalosa. Entonces en su cara apareció el terror, no de que lo matarán, sino a que lo ultrajaran una vez muerto. Lo teníamos agarrado por detrás, inmovilizado, dominado, sometido. Pareció comprender qué tenía que hacer si quería salvar su vida. 


- Cuidate de lo que hablás, que sino te cortamos la lingua y te damos mazorca! - le dijo el Tuerto, y todos rieron. Todos menos Matasiete. Me hizo una señal para que lo apartara. Lo atamos a una silla, y lo dejamos en un rincón, mirando las arañas.

Cuando ya todos nos habíamos saciado, nos acordamos de Matasiete y lo obligamos a ser cómplice, con el agregado de que además tuvo que enterrar al salvaje. 


Después de asegurarnos de que ya no volvería a hablar, lo dejamos partir. La lengua se la tiramos a los caranchos.

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Inconsciencia de ser
La Roca, superada cierta inclinación del terreno, realizó el movimiento esperado: rodó y se deslizó por la pendiente hasta alcanzar, luego de precisos movimientos, el tenso equilibrio de la quietud. Había rodado por última vez. Su tarea había concluido. Atrás dejó, en su huella, la impronta de su prepotente peso. 
Ya estaba del otro lado: su condena había llegado a su fin.
Sentía (porque todavía sentía) que algo había cambiado. Se sentía diferente y no solo porque su superficie había sido roída sin descanso, sino porque había dejado de ser un vil instrumento de tortura. Su último recuerdo fue la silueta de Sísifo perdiéndose en el horizonte.

El lento pero inexorable avance del tiempo la irá engulliendo... poco a poco, recuperará su inconsciencia de ser, poco a poco volverá a ser tan solo una piedra (entre las piedras). 





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Conciencia de ser

Sueño. Ergo,   
aunque no sé bajo qué forma
ni bajo qué ser
ni en qué presente, 
existo,
existo demoradamente.


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