El mutismo de Matasiete





Lo que se cuenta a continuación no existió más allá de las silenciosas puertas del Comité Federal. Cómo todos alguna vez habrán oído, luego de la muerte del cajetilla, se cerraron  con llave las puertas color punzó y la chusma se escurrió tras el caballo del Juez.


No obstante, dentro del antro desde donde se impartía la  justicia, la ansiedad animal no había mermado con la muerte del unitario y no bastó con que se nos dijera que ya nada se podía hacer, que el juego se había terminado, que ya había muerto. Su cuerpo estaba caliente, al igual que la sangre.


No eramos muchos los que estábamos en ese oscuro cuarto. Se respiraba un aire tenso, extraño, de muerte, sudor, barro y hambre. Estuvimos inmóviles, expectantes, hasta que el silencio se cortó con una inconfundible voz que salía del fondo:


- ¿con que ya naida se puede hacer? Pa' mí que todavía falta enterrar la batata - dijo el Tuerto, y una sonrisa apareció en nuestros rostros, como para expulsar la tensión. Primero fue un gran murmullo y luego una carcajada general. Aunque no todos rieron. La cara de Matasiete se disfiguró, y una mezcla de odio, desprecio y asco se apoderaron de sus gestos. Todos habían entendido que no se trataba de enterrar al unitario, sino de una práctica aborrecida aun entre los mismos federales, en la que se ultrajaba a un cadáver a costa del propio placer.


En un arrebato, Matasiete, con puñal en mano, se abalanzó hacia el Tuerto.Pero en el mismo instante en que amagó a marcarlo se dio cuenta de que estába solo; solo y frente al Tuerto y sus gauchos. lo percibió cuando los gauchos le pusieron el puñal en su cuello y esperaron las órdenes del Tuerto para la refalosa. Entonces en su cara apareció el terror, no de que lo matarán, sino a que lo ultrajaran una vez muerto. Lo teníamos agarrado por detrás, inmovilizado, dominado, sometido. Pareció comprender qué tenía que hacer si quería salvar su vida. 


- Cuidate de lo que hablás, que sino te cortamos la lingua y te damos mazorca! - le dijo el Tuerto, y todos rieron. Todos menos Matasiete. Me hizo una señal para que lo apartara. Lo atamos a una silla, y lo dejamos en un rincón, mirando las arañas.

Cuando ya todos nos habíamos saciado, nos acordamos de Matasiete y lo obligamos a ser cómplice, con el agregado de que además tuvo que enterrar al salvaje. 


Después de asegurarnos de que ya no volvería a hablar, lo dejamos partir. La lengua se la tiramos a los caranchos.

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2 Responses
  1. Qué buena continuación y final... aunque me pregunto si matasiete no se habría heco matar antes que ser ultrajado...


  2. Pablos Says:

    Por lo que yo entendí, el temor de Matasiete fue el de ser ultrajado después de muerto, por eso su inmovilidad...
    creo que finalmente no fue ultrajado (salvo por lo de la lengua).


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