Ir
Ir. Con los walkman y ver. La película muda. Y pedalear menos, y ver conversaciones sin palabras, y martillazos sordos, y miradas de más; ver. Y acomodarnos en la butaca para clavarnos en la boca de alguna muchacha, y oír las calles que emanan música y creer en los aljibes ocultos en los patios de las casas viejas. Y ver el rojo de los semáforos; el otro rojo, de rubor, de celeridad, de cansancio, de longevidad. Y el rostro de los que circulan como hormigas en un mundo de hombres con unas pocas suelas ladeando el cielo. Y detenernos en los zapatos de la señora que definitivamente despierta cada día en los ayeres de su infancia. Y oír música: la especie de relato que recorre nuestro cuerpo y nos gasta como lengua en boca sin saliva. Sentir nosotros esa sed al observar el cansancio de los cables de teléfono que corren infinidad de kilómetros sin descanso y sin palidecer.
Y soltar al fin las manos del hierro horizontal, y descansar la cabeza mientras miramos los bordes de la pantalla, y aquel perro en celo y la obesidad del bicicletero, y lo obsceno de nuestra mirada hacia las mujeres mayores; y los árboles en fila india y los bebederos de la plaza y el vértigo del vehículo que nos lleva prisioneros ante los absortos rostros que pasan y pasan y no se detienen; y la pantalla que crece y crece hasta contenernos y hasta que notamos cómo su resplandor nos muestra nuestro propio cuerpo, montado, un poco sudoso y agitado; y la luz se acerca trayendo la expresión del hombre que maneja el colectivo y que mira, sin duda, otra película, de horror que se atraviesa en su destino y finalmente lo desploma en un breve golpe para siempre.
Trazando antiguas figuras en la arena
bajo el incesante firmamento
estallando
las frondosidades inorgánicas de la noche
avanzan
como cuevas animales
en los pliegues crujientes
y se delatan nuestras sombras
extraviadas
Madre Tierra hipnótica
y tu telar infinito
nuestras sombras ya no están
viboreantes figuras en la arena
ondulante giratorio
nuestras sombras ya se han ido
desplomados en el acontecer
desprendidos
trazando antiguas figuras
en el ojo inmenso
somos espejismos de la niebla
nuestras sombras ya se han ido
bajo el incesante firmamento
estallando
las frondosidades inorgánicas de la noche
avanzan
como cuevas animales
en los pliegues crujientes
y se delatan nuestras sombras
extraviadas
Madre Tierra hipnótica
y tu telar infinito
nuestras sombras ya no están
viboreantes figuras en la arena
ondulante giratorio
nuestras sombras ya se han ido
desplomados en el acontecer
desprendidos
trazando antiguas figuras
en el ojo inmenso
somos espejismos de la niebla
nuestras sombras ya se han ido
Embroque a esas nalgas,
asedio presto,
desinteresado,
insidioso,
anegado de humores lánguidos,
y feraces arrimadas,
un recio montaraz lobuno
que leva,
arrecia,
levanta,
degüella este ámbito
arcano ,
y ronda...
un corazón rastrero,
de anhelo galopante ,
disecciona,
tambalea,
baila al son del fueye
este tango de veneno.
Periquito (24 de noviembre 2009)
Él
La veo ir y venir, algo le inquieta, está nerviosa. Él está con ella. Trato de encontrar su mirada. Él, con ella. Alterada me observa, se siente hallada. Dejo mi silla y me acerco, él sigue con ella y por un instante me enfrenta, casi mirándome. La amo tanto que no lo dudo ni un instante y la beso. Ella se entusiasma y me abraza. Él se mueve apenas, como si quisiera darme lugar, ceder su pertenencia. Me refugio en ella.
Inesperadamente la golpea. Una reacción natural. Me separo unos pasos.
Desde lejos le leo fragmentos de Aira al señor Sancho. Si bien me permito tratarlo por el nombre, aun no me acostumbro a hablarle sin distancia. A usted, señor Panza, lo extraño cuando estoy lejos. Pienso que ha de ser complicado estar encerrado, más si se está creciendo.
Al encontrar la pared
cierro los ojos
para que el ave
pueda desprenderse
de la pared del hombre
como una dalia en el aire
río en un viaje infinito
el horizonte
más allá de la pared
árbol con dedos abiertos
nube y viento
Punto álgido: 19:36 horas
(Las olas fueron en aumento)
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El caos de las hormigas,
otro orden,
otro azar,
otra interacción mutua.
¡Me asfixio! ¡Me asfixio!
(grita la hormiga blanca).
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El tiempo transcurre,
detenido,
aferrándose a las formas.
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En una encrucijada
en un centro
alguien
algo.
Se estremece nuestra carne.
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Tenemos que subir,
debemos contactar al Viento.
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En una encrucijada
en un centro
alguien
algo.
Se estremece nuestra carne.
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Tenemos que subir,
debemos contactar al Viento.
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¿Esto está pasando ahora
o estoy viviendo el ayer?
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Por su entrañas, en sus
Artificios más profundos
Raspando y raspando la
Interminable
Superficie de este holograma
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Frente a la Casa de las Muertes
la Vida continúa su término,
que no tiene fin.
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Epígrafe de una foto con las ruinas Incas, en el viaje al norte:
Por su entrañas, en sus
Artificios más profundos
Raspando y raspando la
Interminable
Superficie de este holograma
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Frente a la Casa de las Muertes
la Vida continúa su término,
que no tiene fin.
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Epígrafe de una foto con las ruinas Incas, en el viaje al norte:
Me arrepiento no salir abrazando a la naturaleza, bebiendo de sus aguas, acariciando cada piedra, sintiendo su textura, besándola, pasándole la lengua y sientiendo su aspereza, oliendo sus minerales, saboreando sus químicos, sintiendo sus perfumes, abrazando a la tierra, a la piedra, a las aguas y a sus plantas.
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