Ir
Ir. Con los walkman y ver. La película muda. Y pedalear menos, y ver conversaciones sin palabras, y martillazos sordos, y miradas de más; ver. Y acomodarnos en la butaca para clavarnos en la boca de alguna muchacha, y oír las calles que emanan música y creer en los aljibes ocultos en los patios de las casas viejas. Y ver el rojo de los semáforos; el otro rojo, de rubor, de celeridad, de cansancio, de longevidad. Y el rostro de los que circulan como hormigas en un mundo de hombres con unas pocas suelas ladeando el cielo. Y detenernos en los zapatos de la señora que definitivamente despierta cada día en los ayeres de su infancia. Y oír música: la especie de relato que recorre nuestro cuerpo y nos gasta como lengua en boca sin saliva. Sentir nosotros esa sed al observar el cansancio de los cables de teléfono que corren infinidad de kilómetros sin descanso y sin palidecer.
Y soltar al fin las manos del hierro horizontal, y descansar la cabeza mientras miramos los bordes de la pantalla, y aquel perro en celo y la obesidad del bicicletero, y lo obsceno de nuestra mirada hacia las mujeres mayores; y los árboles en fila india y los bebederos de la plaza y el vértigo del vehículo que nos lleva prisioneros ante los absortos rostros que pasan y pasan y no se detienen; y la pantalla que crece y crece hasta contenernos y hasta que notamos cómo su resplandor nos muestra nuestro propio cuerpo, montado, un poco sudoso y agitado; y la luz se acerca trayendo la expresión del hombre que maneja el colectivo y que mira, sin duda, otra película, de horror que se atraviesa en su destino y finalmente lo desploma en un breve golpe para siempre.
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