Estela
Un zapato yace de costado en una encrucijada desierta. Luego, sin que la aparición sea abrupta, lentamente, emerge otro zapato, completando el par. Un hilo de sangre brota de la acequia, y va empapando el asfalto de un rojo violento. Metros más allá, al centro de la calle, unas zapatillas surgen en la escena. 
Poco a poco, de forma acrónica, van apareciendo las víctimas del accidente de tránsito. Yacen mutiladas, desparramadas, inertes. Más tarde, de forma simultánea, omnipresentes, multitudes de víctimas van ocupando todas las calles, las veredas, y las acequias.
Son tantos los muertos, que no hay calles en que no se los llore, ni rutas en que no se reconozcan sus cuerpos. 
Niños, madres, padres, hermanos, familias arrasadas por una velocidad que se nos impone, que no es nuestra, y con la que silenciosamente vamos estrellándonos.

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